<<Olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta…>>. (Flp 3,13-14).

La vida presente es como un tren en marcha, que jamás se detiene ni vuelve atrás. Estamos, por tanto, en camino y desembocamos en una meta cuando termina nuestro peregrinar por este mundo. Pero, ¿hacia qué meta nos dirigimos?

El Apóstol san Pablo tiene muy clara la meta hacia la que corre, que no es otra sino el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús (Flp 3,14). El premio es la recompensa por un trabajo, por una conducta, por un resultado. En este sentido, la vida temporal se convierte en una tarea: la de construir nuestra eternidad; una tarea que se lleva a cabo en el cuerpo, en el alma, en la mente, en el corazón…, en todo nuestro ser: la santificación, sin la cual nadie verá a Dios (Hb 12,14). Siendo esta nuestra meta, ¿de
qué medios disponemos para trabajarnos?

Ciertamente, para llevar a cabo cualquier proyecto, es imprescindible el esfuerzo en el ejercicio perseverante de la voluntad: fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes (Hb 12,12). No obstante, para alcanzar la santidad, el esfuerzo humano no es por sí solo suficiente, el camino es superior a tus fuerzas (1Re 19,7). Por ello, la Gracia de Dios viene en ayuda de la debilidad humana, pues, como dice el Señor: sin mí nada podéis (Jn 15,5). En la oración constante junto con los Sacramentos
(especialmente la Confesión y la Eucaristía), encontramos la Gracia de Dios que complementa el esfuerzo personal en la ardua tarea vital de nuestra santificación.

Porque yo soy el Señor, vuestro Dios; santificaos y sed santos pues yo soy santo (Lev 11,44), (1Pe 1,16). Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5,48). Siendo éste un mandato del Señor, el camino a la santificación ha de ser la principal ocupación en la brevedad de nuestros días, no obstante, hay que tener presente otra cuestión: ¿cómo conducirnos para no equivocarnos de camino?

Lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero; lo juro y lo cumpliré: guardaré tus justos mandamientos (Sal 118, 105-106). En efecto, la Palabra de Dios ha salido al encuentro del hombre para indicarle el camino, el único Camino que lo sitúa en la Verdad y que desemboca en la Vida (Jn 14,6).

Todos los años, el tiempo de Cuaresma se hace presente para despertarnos del sueño (Rm 13,11) y recordarnos que Dios nos llama a la meta de la Jerusalén del Cielo y que esta vida es camino y tarea para alcanzarla. Cuántos esfuerzos se hacen para alcanzar objetivos profesionales, personales, económicos…todos con fecha de caducidad porque todo pasa y, a veces, incluso frustrados o ensombrecidos por dolorosos acontecimientos como la pandemia que padecemos.

 

En un abrir y cerrar de ojos estaremos fuera de este mundo: tomemos muy en serio la fe y corramos con empeño hacia el premio que no pasa, que es eterno y está en los Cielos (2Cor 5,1).

D. José Alberto Pérez Díaz. Párroco y director espiritual.