“Debo comenzar por devolverle a mi presentador. D. Gustavo Gallegos López, el mismo cariño que me ha dedicado en sus palabras. Gracias Gustavo. Eres mi amigo de siempre. Me honras con tu presencia. En esa Cruz imaginaria que hemos portado. Unas veces tú y otras yo, hemos sido cirineos, de este nuestro Jesús. Nosotros que vivimos la estación de penitencia, con el agrado, el humor, la tolerancia y el amor al Señor. A menos de un mes. Esta imagen intentará anunciar mil historias y un camino, el camino del Nazareno de Santa Ana al Gólgota. El camino de los penitentes en Cruz, de los del silencio de cada Miércoles Santo, esa encrucijada de quienes contamos nuestra vida de Viernes en Viernes Santo”.

JesusNazareno_LaRoda

Eres, Señor de la Roda, la esperanza de quienes nos aferramos a esta vida, de sufrimientos, de gentes sin alma, que vienen de vuelta, de tantas y tantas injusticias…

Si tenemos tu rostro grabado a sangre y fuego en nuestro corazón.

Si sabemos las vueltas que anudan tu estrecha cintura.

¿Quién…? De los que estamos aquí, no se ha cruzado con Él.

¿Quién…? En su camarín, no ha sido improvisado prioste para en la cercanía, mirarle y esperar la eterna respuesta que nos hacemos de la vida.

Un cúmulo de casualidades hace que hoy sea yo, quién con una fotografía os pueda llegar a lo más profundo del corazón. Ese corazón golpeado por el paso del tiempo, con la pátina de los errores y el devenir rutinario de una vida de más penas que alegrías.

EL PRÓLOGO, LA HISTORÍA DE LA INSTANTÁNEA Apenas cuatro meses llevaba con aquella cámara fotográfica, regalo de Reyes (de mi mujer).

Quería atrapar cada momento de mis pequeños, sin imaginar que crecen más rápido que el modo ráfaga, de la susodicha cámara japonesa. Cuyo libro de instrucciones no tenía parangón, con cualquier libro de reglas de antiquísimas hermandades de solera y prestigio consabido, 432 paginas de pestiño, no semana santero, que nunca leí.

SE ENREVESA LA HISTORIA En 1996 trece años atrás hasta el momento de la fotografía. Ingresé en la cuadrilla de Nuestro Padre Jesús Nazareno, animado por un amigo, quién me dijo que me ayudaría a sobrellevar la perdida de mi padre, un año antes. Era la primera vez que no sacaría de rodillas a mi Señor. Una falta en los ensayos de la cuaresma, victima de un virus letal, provocaría que ese año viese en la salida a Jesús desde fuera de las trabajaderas. No recuerdo al Hermano Mayor de ese año, pero en el habitual paseíllo de la época, de la Hermandad a la Parroquia. Yo ataviado con la espartana ropa de costalero, mi pequeño Iván vestido de nazareno en una mano, y sobre el hombro del otro brazo, un bebe envuelto en la capa acomodándose para su merecida siesta, Ariadna. […] Y él, abrazado a ese cirio, deseoso de encenderlo golpeado por el asfalto, pero con una anunciada luz de plegaría. Dios mío gracias por ellos… Como os contaba, el Hermano Mayor debía de vivir mínimo en la Sierra de Las Navas. A mí se me hizo eterno.

AL ASUNTO Mi mujer, ya advertida de que me tuviese preparada la cámara. Y aún con la atropellada llegada al templo. Pudimos intercambiar tan queridos personajes, para poder sacar algunas fotos del momento. También le indiqué que me esperase en las esquinas donde los relevos me aliviarían, y podría hacer alguna instantánea más. A dicho encargo se inclino, balanceo la cabeza, pero claudicó. […]

Ha estado guardada seis años en la memoria del ordenador, y eso que yo suelo subir todas las fotos, para los amigos y personas que por diferentes motivos no pueden estar in situ. Espero que la crítica cada vez más sabía, sepa entender que Jesús siempre nos sorprende.

LOS SANTOS OFICIOS

Ya nunca más a la cuarta hora de la tarde el sol brillará tu mirada.

Dicen que se gana más que se pierde.

Quizás en recogimiento al abrigo de la noche cercana.

Pero podremos aguantar el ansia de ver nazarenos con reflejos de nácar.

De beber ese agua fresca de la promesa temprana.

Detener el tiempo, el instante.

Poder coger la luz de su mirada.

Apagar la brisa que mece su amplia zancada.

Palpar su dolor como si de arena entre los dedos,

derramada.

Levantar la Cruz de su castigada espalda.

Él, lirio eterno, arropado por el blanco humo del incienso. Aún se puede oler el tallo verde sesgado por el viento.

A sus pies el frío, ese frío sin escarcha, sin hielo.

El de saber de la muerte de Jesús, el Nazareno.

Dime Señor.

¿Cómo es que puedo escuchar en el silencio?

¿Quién dice que la fe sólo la ve el ciego?

Se atisba una tropa de hombres de acero.

¡Más a tierra, más a tierra!…

Que pasado el dintel sólo quedará un esfuerzo

y a la voz del capataz,

subirás al cielo.

Firmado: José Antonio Oliva Barrionuevo