En este tiempo cuaresmal hemos de potenciar la capacidad de escuchar, una actitud elemental para abrir las puertas de nuestro corazón a la gracia de Dios. Hemos de caer en la cuenta de que permanecemos en una sordera permanente hacia Dios, porque escuchar,  escuchamos con oído fino lo que nos interesa.  El problema surge cuando nos preguntamos: ¿qué voces escuchamos? Y la respuesta tantas veces es clara: las voces del mundo que nos invitan a cultivar un individualismo que nos llena de indiferencia ante la realidad ajena acentuando el propio ego. El hedonismo, el pragmatismo,  el relativismo moral, el  materialismo y el consumismo eran voces que han sido y son escuchadas, asumidas y ejecutadas en la sociedad de nuestro tiempo.

Ante esta forma restrictiva de usar el oído, os propongo abrir el oído a la Palabra de Dios, y para ello tener cerca la Sagrada Escritura: la Biblia.  En ella descubrimos a Dios que entra en contacto con el pueblo y le habla al oído, haciendo con el pueblo una alianza de amor. Esta alianza se rompe por la infidelidad del hombre, por el pecado, por <querer ser como Dios>. Aún así, Dios siempre tiende una palabra amiga de reconciliación, invitando siempre a volver a vivir en comunión de amor con Él y los hermanos, manifestándose siempre como rico en misericordia.

La persona humana, tú  y yo, estamos naturalmente sedientos de amor y felicidad, podemos siempre reconocer en el Dios revelado en la historia, en el Dios de la Alianza, la fuente inagotable de amor y de misericordia que llena plenamente el vacío existencial en el que nos vemos inmiscuidos.

Esto nos hace acabar con la sordera espiritual que impulsa nuestro individualismo y nos hace acentuar las diferencias con los demás buscando siempre agravios comparativos, llevándonos a declarar guerras que no conducen a nada más que a sembrar violencia. El encuentro con la Palabra nos hace experimentar, que somos comunidad de amor a ejemplo del Dios Uno y Trino, verdaderamente hermanos unos de otros, miembros  de la familia de los hijos de Dios. Nos percatamos que lo nuestro es vivir sembrando la verdad, dando gracias a Dios por los hermanos, agradeciendo a Dios todas la cualidades distintas que ha puesto en ellos, alegrándome con sus alegrías y doliéndonos en sus dolores, en definitiva descubrimos que los otros nos  pertenecen son parte de nuestra parte. Lo cual nos permite vencer el infierno entendido como abismo de soledad (individualismo), para llegar a la gloria de la Resurrección. En definitiva salir de la esclavitud del pecado, para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios. Pero no lo olviden amados hermanos no hay gloria sin pasión, muerte sin cruz. Hemos de asumir cuanto somos y tenemos, asumir lo ajeno como propio, esto hizo Jesús para salvarnos, esto hemos de hacer nosotros. Haciendo caso a sus palabras: “quien quiera seguirme niéguese a sí mismo,cargue con su cruz y sígame” Mt 16,24.

Al reconocernos necesitados de la gracia, al confesar nuestra pequeñez y nuestro ser servidores, estaremos experimentado la alegría de la conversión y la conversión a la alegría escatológica, a esa alegría que nos prepara la Cuaresma de manera de llegar renovados a la celebración de los Misterios Pascuales.

En este año jubilar de la Misericordia hemos de recordar que la fe, siempre se muestra en las obras, como nos recuerda el Papa en su mensaje para la Cuaresma de este año jubilar titulado ’Misericordia quiero y no sacrificio’ (Mt 9,13): Las obras de misericordia en el camino jubilar”. Las obras de la misericordia nos permiten acercarnos corporalmente al que sufre, al que es dañado por las «formas actuales del delirio de omnipotencia” en palabras del Papa Francisco que denuncia abiertamente las formas sociales y políticas de los totalitarismos del siglo XX, la ideología del pensamiento único y de la tecnociencia que buscan hacer de Dios alguien irrelevante, lo que provocaría que el hombre quede reducido a una «masa que se usa”. Existe, por tanto, la conciencia de que las estructuras son afectadas por el llamado pecado social, en donde se nos impide reconocer al que sufre y en donde la única ley es valorar lo propio, no lo ajeno menos lo distinto.

 Hemos de practicar las catorce obras de misericordia corporales y espirituales:

 Obras de misericordia corporales:

  1. Visitar a los enfermos
  2. Dar de comer al hambriento
  3. Dar de beber al sediento
  4. Dar posada al peregrino
  5. Vestir al desnudo
  6. Visitar a los presos
  7. Enterrar a los difuntos

Obras de misericordia espirituales:

  1. Enseñar al que no sabe
  2. Dar buen consejo al que lo necesita
  3. Corregir al que se equivoca
  4. Perdonar al que nos ofende
  5. Consolar al triste
  6. Sufrir con paciencia los defectos del prójimo
  7. Rezar a Dios por los vivos y por los difuntos

Estas sencillas muestras de caridad, nos van ayudando a avanzar en el camino al Cielo, porque nos van haciendo parecidos a Jesús, nuestro modelo, que nos enseñó cómo debe ser nuestra actitud hacia los demás. Esperando que profundicemos en cada una de ellas en estos días y nos sirva para dar pasos en nuestro camino de conversión. Os deseo una santa cuaresma en la que nos pongamos a la escucha de la Palabra (tanto en la oración personal en casa, como en los sacramentos) y nos carguemos de las buenas obras. Contad con mi oración y disponibilidad para ayudaros en vuestro camino de conversión, reciban mi bendición.

+ Mariano Escobar Crespo.
Párroco y Director Espiritual de la Hermandad